Desde su temprano proyecto para varias casas en hilera en Pereira, en 1959, Salmona se plantea hacer ciudad con sus edificios; la poética del espacio, como gustaba decir. Pero es en los grandes proyectos para Bogotá, como el no construido de Cavipetrol, y en los conjuntos mucho mas grandes, como los de Timiza, donde retoma la traza de la Fundación Cristiana, o el conjunto de viviendas prefabricadas Rafael Núñez y el de Usatama, tampoco construidos, en los que se podría ver en claro su idea de ciudad. A diferencia del urbanismo moderno, allí no hay vías sino calles, y si estas no están físicamente paramentadas lo están virtualmente, formando manzanas con interiores cerrados espacialmente pero abiertos funcionalmente. En lugar de la reiteración insulsa de los volúmenes de la vulgarización del urbanismo moderno, los suyos están jerarquizados como lo han estado siempre en las mejores ciudades tradicionales.
Pero también hay que ver su idea de ciudad en su diseño para el Parque de la Independencia con las muy “barrocas” escaleras que lo juntan y a la vez lo separan de las Torres del Parque, y en el Eje ambiental de la Avenida Jiménez, en donde recupera el agua del río que bajaba por allí. Y está el hecho significativo de haber llamado “plaza” al patio circular de su propuesta para la Alcaldía de Bogotá, el que, independientemente de su forma, recuerda las plazuelas que siempre hay enfrente, a veces en la manzana de enfrente y no en la propia, en nuestras iglesias coloniales. Espacios públicos que no rodean los edificios sino que estos contienen y abrazan. O la manzana de patios que constituye la FES, hoy Centro Cultural de Cali, recuperando así el casi desaparecido centro histórico de la ciudad. Y los mismos patios del Museo Quimbaya, en las afueras de Armenia, que resuenan desde lo alto esa ciudad de tradición colonial de manzanas ortogonales de grandes patios, solo que ahora organizados sobre las diagonales. Y la Casa de los Huéspedes Ilustres de Colombia es como un pequeño pueblo en la bahía de Cartagena.
También hay que considerar como netamente urbanos los conjuntos residenciales a las afueras de la ciudad, como el de Suba o el de Balcones del Nogal, en Bogotá, o Altos del Rió, en Cali, y otro en El Rodadero, cerca a Santa Marta, lamentablemente ninguno construido. Todos son en diferente medida artefactos urbanos y no solo edificios de vivienda surtos en medio de una zona verde. Los proyectos de Salmona suelen conformar verdaderos conjuntos, como los alrededores de las Torres del Parque en donde también están el edificio de la SCA, el Museo de Arte Moderno de Bogotá, MamBo, y el edificio de apartamentos El Museo, como también la escalinata de la Calle 26 y el rediseño del Parque de la Independencia y del acceso a la Plaza de Toros de Santamaría que viene a ser como el origen de todo; y también habría que considerar los proyectos no construidos entre la SCA y el Museo Nacional. Lo mismo pasa con el Archivo General de la Nación, que ocupa sendas manzanas de la Nueva Santa Fe, uno de sus mejores ejemplos de la relación milenaria entre espacios abiertos y espacios cerrados.
Artículo publicado en la revista virtual caliescribe.com. 13.08.2016
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30.07.2016 Edificios y ciudad
Para Rogelio Salmona, arquitectura y ciudad son inseparables. En los edificios de El Polo, 1962, con Guillermo Bermúdez, deja adelante una plazuela, que pese a haber sido cerrada con una reja años después conserva su carácter de espacio público, y mantiene mediante retranqueos la paramentación de las calles. En la Fundación Cristiana estas convergen hacia los cerros, a los que miran las terrazas de los edificios, recurso que también usa en las casas en hilera de La Palestina y en su proyecto para la cooperativa Los Cerros. Y en el Centro Gaitán, aun sin terminar, sus tres patios, unidos por su diagonal, y sus rampas y terrazas lo integran a su entorno, como lo ha observado Alberto Saldarriaga.
Las Torres del Parque, 1965-1970, forman parte del panorama urbano de Bogotá y evidencian el bello perfil de las montañas que la rodean, recuerda Marina Waisman. Son un definitivo hecho ciudadano por su rotunda implantación en su contexto urbano preexistente y en el paisaje, y sus espacios abiertos y públicos hacen que la ciudad toda pase por ahí, como dice Carlos Niño, constituyendo un hito que generó la renovación del sector. Por la manera como involucran la Plaza de Toros de Santamaría y el Parque de la Independencia, importantes preexistencias ambientales, pronto se sumaron a la Plaza de Bolívar y a Monserrate y Guadalupe como lugares emblemáticos de la ciudad.
El Archivo General de la Nación crea una secuencia de espacios públicos y su patio cilíndrico es una gran puerta entre la institución y la ciudad, como dice William Curtis. Sus dos edificios forman cada uno una manzana cerrada, igual que, mas lejos, el Centro Comunal del barrio, formando parte del conjunto de vivienda de la Nueva Santa Fe que sigue, recreándola con la introducción de una larga diagonal, la traza colonial ortogonal de la ciudad. La planta alrededor de un espacio semipúblico se concreta también en el Automóvil Club de Colombia y en su propuesta para el concurso de la Alcaldía, detrás del Edificio Liévano, en la Plaza de Bolívar.
En la Biblioteca Virgilio Barco, se descubren la ciudad, sus cerros y su cielo, y los estanques y el parque que la rodean son parte integral de la misma. Arquitectura, paisaje urbano y natural, clima y tradiciones interactúan seductoramente para visitantes y usuarios. En medio del parque se entrelazan el edificio y sus alrededores, cuyas construcciones complementarias, plazuelas y senderos se curvan, bajan, suben y esconden prometiendo sorpresas como de laberinto de enamorados. Los espacios al aire libre y los recintos cerrados se complementan. Los que leen se ven tentados a ir al parque y los que caminan por sus senderos, terminan entrando a la biblioteca.
Finalmente, en el Centro Cultural García Márquez, 2008, priman sus espacios exteriores mas que sus volúmenes, y es muy sugestivo el paramento que propone para esa calle del Centro Histórico de Bogotá formada por los muros con pocos vanos de sus viejas casas. Una galería de grandes y repetidos vanos de columnas muy finas permite que la calle penetre en su gran patio circular, y que este salga logrando que el edificio termine en las fachadas del otro lado de la calle y se extienda por el viejo barrio. Y marca además una diagonal entre la Catedral, detrás de la cual se presiente la Plaza de Bolívar, y los cerros Monserrate y Guadalupe que él comenzó a mirar desde las Torres del Parque casi medio siglo antes.
Las Torres del Parque, 1965-1970, forman parte del panorama urbano de Bogotá y evidencian el bello perfil de las montañas que la rodean, recuerda Marina Waisman. Son un definitivo hecho ciudadano por su rotunda implantación en su contexto urbano preexistente y en el paisaje, y sus espacios abiertos y públicos hacen que la ciudad toda pase por ahí, como dice Carlos Niño, constituyendo un hito que generó la renovación del sector. Por la manera como involucran la Plaza de Toros de Santamaría y el Parque de la Independencia, importantes preexistencias ambientales, pronto se sumaron a la Plaza de Bolívar y a Monserrate y Guadalupe como lugares emblemáticos de la ciudad.
El Archivo General de la Nación crea una secuencia de espacios públicos y su patio cilíndrico es una gran puerta entre la institución y la ciudad, como dice William Curtis. Sus dos edificios forman cada uno una manzana cerrada, igual que, mas lejos, el Centro Comunal del barrio, formando parte del conjunto de vivienda de la Nueva Santa Fe que sigue, recreándola con la introducción de una larga diagonal, la traza colonial ortogonal de la ciudad. La planta alrededor de un espacio semipúblico se concreta también en el Automóvil Club de Colombia y en su propuesta para el concurso de la Alcaldía, detrás del Edificio Liévano, en la Plaza de Bolívar.
En la Biblioteca Virgilio Barco, se descubren la ciudad, sus cerros y su cielo, y los estanques y el parque que la rodean son parte integral de la misma. Arquitectura, paisaje urbano y natural, clima y tradiciones interactúan seductoramente para visitantes y usuarios. En medio del parque se entrelazan el edificio y sus alrededores, cuyas construcciones complementarias, plazuelas y senderos se curvan, bajan, suben y esconden prometiendo sorpresas como de laberinto de enamorados. Los espacios al aire libre y los recintos cerrados se complementan. Los que leen se ven tentados a ir al parque y los que caminan por sus senderos, terminan entrando a la biblioteca.
Finalmente, en el Centro Cultural García Márquez, 2008, priman sus espacios exteriores mas que sus volúmenes, y es muy sugestivo el paramento que propone para esa calle del Centro Histórico de Bogotá formada por los muros con pocos vanos de sus viejas casas. Una galería de grandes y repetidos vanos de columnas muy finas permite que la calle penetre en su gran patio circular, y que este salga logrando que el edificio termine en las fachadas del otro lado de la calle y se extienda por el viejo barrio. Y marca además una diagonal entre la Catedral, detrás de la cual se presiente la Plaza de Bolívar, y los cerros Monserrate y Guadalupe que él comenzó a mirar desde las Torres del Parque casi medio siglo antes.
Artículo publicado en la revista virtual caliescribe.com. 30.07.2016
24.04.2014 El museo GGM
Ya en 2007 se propuso en esta columna que el Estado
debería adquirir para un museo la casa en Cartagena que en 1991 Rogelio Salmona
proyectó para Gabriel García Márquez, pues es una pena que casi nadie ha podido
disfrutarla ya que ha estado cerrada por años e incluso a la venta (La casa de
G. G. M., 29/03/2007).
Sería al tiempo un homenaje a su arquitecto, muerto en
2007, al que no le dieron el Premio Prizker, el Nobel de la arquitectura, por
que no se hizo el necesario cabildeo, y el primer latinoamericano en recibir la
Medalla Alvar Aalto, tal vez el premio mas serio de la arquitectura mundial.
Por lo demás, Salmona también proyectó el Centro Cultural Gabriel García
Márquez, del Fondo de Cultura Económica de México, en Bogotá.
Pero por supuesto no se trata apenas de una casa de
recreo como alude a ella Gerald Martin (Gabo 1927-2014, Semana, Edición de
colección, 2014). Vale la pena, pues, repetir lo dicho al respecto en la
columna de marras recordando una visita a la misma, en compañía de Salmona,
cuando ya casi estaba terminada:
La casa se destaca por su poético patio elevado, que se
rodea subiendo o bajando, pues prácticamente no permite otra posibilidad, de
tal manera que su tensión, entre la esquina de la entrada a nivel desde la
calle y la que termina el recorrido en el piso alto, enfatizada por una atarjea
sobre una de sus dos diagonales […], como en muchos de los patios de Salmona,
re descubridor de ellos en un Nuevo Mundo en que antes de los españoles ya los
tenían también mayas, aztecas e incas, pero que además es oblicua […] lo que
resalta lo tridimensional de su espacio, concordando plenamente con la segunda
acepción de diagonal: la línea que en un poliedro une dos vértices cualesquiera
no situados en la misma cara. En otras palabras, el patio se recorre en tiempo
real a lo largo de los catetos del ángulo recto, el primero a nivel y el
segundo inclinado suavemente, del triángulo cuya hipotenusa es la diagonal
virtual que desprendiéndose de la atarjea vuela hacia el cielo en la primera y
rápida lectura que se hace después de entrar, y que permanece en la imaginación
y la memoria haciendo rimar entre si las sucesivas visuales que se tienen al
escalarlo, por lo que este patio vendría a ser a los de Salmona lo que el Otoño
del Patriarca es, a juicio de muchos, incluyendo su autor, a las novelas de
García Márquez: el más interesante, pues es mucho más que ese “espacio cerrado
con paredes o galerías, que en las casas y otros edificios se suele dejar al
descubierto” que define el diccionario, por lo que “nuestro hermoso deber es
imaginar que hay un laberinto y un hilo [pese a que] nunca daremos con el hilo;
acaso lo encontramos y lo perdemos en un acto de fe, en una cadencia, en el
sueño, en las palabras que se llaman filosofía o en la mera y sencilla
felicidad”, como pensaba Borges” (C. Grau: Borges y la arquitectura, 1968).
No sería apenas un museo dedicado a García Márquez,
sino a toda la literatura colombiana, a la literatura; y a Cartagena de Indias,
ciudad a la que aluden varias de sus novelas. Y más que un museo, sería un
centro cultural en donde estarían ejemplares de todas su obras y sus
traducciones, como de los muchos trabajos sobre las mismas. Es la oportunidad
de que los homenajes del Gobierno no queden sólo en palabras.
Columna publicada en el diario El País de Cali. 24.04.2014
01.12.2013 Volver a los Patios
Estos espacios arquitectónicos, que se remontan al siglo III a.C., al
punto de constituir una de las mas antiguas tradiciones de la arquitectura, son una cueva
artificial con un gran vano horizontal, mientras el claustro es un
recinto encerrado por pórticos que se enfrentan. Ambos encierran un pedazo de la
tierra y el cielo su techo, configurando toda una evocación del mundo, y un
lugar privado y único.
La casa
con patio, se remonta a los comienzos de las ciudades. En la India y la China
al 3000 a.C.. y en Creta al 2000 a.C. (Werner Blaser, Patios, 1985). Alrededor del siheyuan se desarrollan las casas del área de
Beijing, y en las casas de patios, escavadas de la región del Río Amarillo, aun
viven millones de personas (Ronald G. Knapp, The Chinese Houses, 1990). Hacia el 600 a.C., el paraíso (pari:
alrededor y daeza: muro) significaba
para los medos viñedo, o arboleda de
palmas datileras (Peter
Watson, Ideas/, Historia intelectual de la humanidad, 2006).
En
su forma original romana atrium era donde se encontraba el focus, el hogar de la casa alrededor del cual giraba
la vida familiar. Pronto su techo ennegrecido fue abierto para que saliera el
humo y cuando se traslado la cocina a otra parte quedaron estos espacios
maravillosos que pese a ser pequeños y cerrados participan del día y la noche,
del sol, la luna y las estrellas, del calor y el frío, de las brisas y los
vientos (Blaser, 1985).
Después de cruzar la
media luz de un zaguán o un salón, aparece intensa la del patio, las sombras
generadas por sus paramentos y la penumbra de sus corredores, o sus galerías, y
como necesariamente son acodados cada giro es una sorpresa. Placer que también
se tiene desde los recintos que abren a él
puertas y ventanas.
El entrar se enfatiza
el color de los muros, el ritmo de los vanos y su ornamentación,
descubriéndolos poco a poco si hay vegetación, o duplicados en un estanque, o
viendo de frente sus fachadas como en una plaza. Casi siempre son
cuatro, pero las hay circulares como la de Pedro Machuca en el Palacio de
Carlos V (1527) en la Alhambra, o en el Archivo General de la Nación (1988-89) en Bogotá, de Rogelio Salmona.
Y si la plaza es el espacio
cívico por excelencia y lugar de actividades y gentes (Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, 1929), el patio, de pocas personas, es el disfrute
intimo de un pedazo del mundo. Allí el tiempo se detiene, y cuando son pequeños
miran decididamente al cielo, siempre mas emocionante que la tierra, sobre todo
ahora si está ya urbanizada.
Son propios de la arquitectura de tradición colonial de estos países tropicales,
que como muchas en el mundo, es de patios. Y al final están los solares,
vergeles que en las casas de antes eran como salir al campo, cuando no al campo
mismo como aun sucede en algunos pequeños pueblos.
En las terrazas de
apartamentos escalonados la emoción es menor, pero tienen vista hacia afuera, como en el “patio” del segundo piso
de la villa Saboye (1925) de Le Corbusier. Se podrían volver patios cerrados
por la edificación por uno o dos de sus costados, mientras los otros son muros
que los oculten de los vecinos, y apenas un antepecho para mirar afuera.
El patio hispanomusulmán
La vida de harén hace de la casa
musulmana un recinto cerrado y oculto al exterior. Como dice El Corán: “El
interior de tu casa es un santuario: los que lo violen llamándote cuando estás
en él, faltan al respeto que deben al intérprete del cielo. Deben esperar a que
salgas de allí: la decencia lo exige.” (versículos 4 y 5, capitulo XLIX,
conocidos como “El Santuario”. Por eso el zaguán no es solo para pasar sino
también para esperar sin entrar.
Esta situación llevó inevitablemente
a organizar la vida domestica alrededor del patio, los que el Islam tomó del
mundo helenístico, adecuando sus peristilos a su conocido jardín entre tapias,
de tradición iraní, para sus propias necesidades (Fernando
Chueca Gotia, Invariantes castizos de la Arquitectura Española / Invariantes en la
Arquitectura Hispanoamericana, 1979).
En Al Andaluz,
la morería, viniendo del desierto, los llenó de agua con peces de colores,
vegetación de olores, multicolores pájaros y bellas huríes de verdad, pues para
los musulmanes los patios eran nada menos que representaciones del Edén en la
Tierra.
Jardines paradisíacos cuya tibieza y
dulzura, y música de surtidores y laúdes y perfumes de azahares, adormecen los
sentidos y llevan a la lascivia, que es como debe ser un verdadero paraíso (Marianne Barrucand y Achim Bednorz, Arquitectura islámica en Andalucía, 1992). Y no es sino estar en
alguno para comprobarlo.
Eran terrenos cuadrados y divididos
en cuatro partes iguales por senderos elevados que se cruzan, e irrigados con
albercas simétricas, también elevadas, como los del palacio de Medina Azahara
(c. 950), construido durante el Califato de Córdoba (George Michell, La
arquitectura del mundo islámico, 1985).
Casi
todos estos elementos, aunque dispuestos con mayor libertad, pueden hallarse en
los jardines de Pompeya y particularmente de Herculano, donde el espacio
conocido como "la Palestra" tiene una alberca cruciforme elevada, con
otras transversales en los extremos de los brazos de la cruz. Otros
antecedentes directos son los jardines la ciudad imperial de Volúbilis, en el
interior de Marruecos, hechos por los romanos en el siglo I.
El
cahr bag, [i]
o jardín cuatripartito, se desarrolló como símbolo del Paraíso en la
arquitectura islámica preclásica a partir de arquitecturas antiguas como los
jardines los palacios sasánidas, ya incorporados a la arquitectura de los persas, que, como los de los palacios
helénicos en Antioquía y Alejandría, eran igualmente parangonados con paraísos.
Esta
idea del patio-jardín-edén fue transmitida a los romanos, que designaban el Triclinium
de la villa de Domiciano, en el Palatino, como la Sede de Jove (Henri
Stierlin, El Imperio Romano, 1996).
Sin
embargo parece más probable que fueran las villas romanas o bizantinas próximas
a Damasco o sobre la costas de Palestina, las que sirvieron de modelo a los
príncipes Omeyas, quienes introdujeron estas ideas en el sur de la Península
Ibérica en donde se volvieron deslumbrantes patios, los mas bellos que se conocen
hasta hoy.
La
proliferación de estos jardines, que más tarde se produjo en todo el mundo
islámico, su continuada asociación con el paraíso y su aplicación a tumbas como
el Taj Mahal, en Agra, son la supervivencia de una forma y un significado por
casi 25 siglos.
El
patio colonial
La antigua tradición de tener espacios interiores descubiertos en
Roma y el Medio Oriente y en general en todo el mundo mediterráneo, especialmente
en la Península Ibérica, no apenas se continúa en Hispanoamérica, traída por
los españoles, si no que aquí se multiplica y evoluciona, siendo una solución
bioclimática inmejorable en sus climas tropicales calientes y templados
Al igual que en las casas islámicas (Michell, 1985), los patios aquí son
necesariamente cerrados en ciudades y pueblos, pero abiertos en haciendas y
casas campesinas, en los que dos y hasta tres de sus lados son muros de tapias
o bajos vallados de piedra e incluso simples cercas de guadua, que permiten mirar
el paisaje circundante por encima y entrar la brisa.
Abundan en Colombia, por ejemplo, las viejas casas de varios
patios a los que sólo se podían asomar los pájaros del cielo, los árboles
vecinos y algún campanario lejano; y están los frescos patios tropicales llenos
de vegetación y pájaros, y a veces con pilas de agua o que están cruzados por
sonoras acequias. Incluso se los llama “jardines interiores”.
Son tan de la cultura nacional que hay un municipio en Santander
que se llama Patiocemento; Patiobonito es el nombre de muchas veredas de la
Sabana de Bogotá, y de un barrio en Medellín, en donde hay una fundación
llamada Casatrespatios, que funciona en una que no tiene ninguno, y el de una
finca en Santa Rosa de Osos, es Patiobrujas.
Su
tipología comprende el patio completo, el medio patio, el patio adosado y el
solar, o patio de atrás. El patio principal están cerca de la entrad, depuse
del zaguán, y a el dan los espacios principales, y los demás a patios
secundarios, ; los patios de servicio son mas pequeños y a los patios de luz y
ventilación solo se accede para su mantenimiento.
El medio patio, aquel que tiene corredores
sólo por tres de sus lados y está cerrado por un muro en el cuarto, es el
recurrente de la tipología de las casas en manzanas cerradas de las ciudades
tradicionales de Colombia, con sus fachadas paramentadas y uno o dos medios
patios y solar final.
El
abandono del patio
Le
Corbusier creyó que con unidades de vivienda de "grandeur conforme", como las de Marsella (1952), Nantes-Rezé
(1957), Berlín (1957) o Briey -en-Fôret (1957), era posible aumentar la
densidad y liberar áreas verdes, cambiando los patios por balcones de doble
altura, que en lugar del cielo miran a los alrededores.
Pero
lo que quedó fue el intento de modernizar las ciudades; “esa horrenda religión
de posguerra que le ha hecho más daño al horizonte europeo que la
Lufwaffe" como dice Joseph Brodsky
(Marca de agua, 1992). Que en
Iberoamérica es la única responsable de su destrucción.
Y
si Bogotá se salvó de ver reemplazado su casco histórico por las unidades de
vivienda propuestas por Le Corbusier,
los especuladores inmobiliarios y la insensibilidad de sus compradores
llenaron las ciudades colombianas y recientemente muchos pueblos, de edificios
que en lugar de ser exentos están entre medianeras.
No
forman calles ni dejan zonas verdes, y se espían unos a otros, sin cielos ni
pequeños mundos ni paisajes; sólo agresivas y feísimas culatas e infiernos por
todos lados de los que hay que aislarse cerrando balcones, si los hay, y
poniendo cortinas para no ser vistos…y que tapan las vistas.
Quedaron
por todas partes desfigurados centros urbanos y barrios como "hechos de
indecisión" y llenos de "casas de altos que hunden y agobian a los
patiecitos vecinos, con su cariño de árboles, con sus tapias..." como dice
Jorge Luis Borges (Cristina Grau, Borges y la arquitectura,
1968, p.25).
Las
casas de silenciosos y frescos patios se cambiaron por mezquinos apartamentos,
aduciendo problemas de mantenimiento y seguridad, que no solucionaron, pero
perdiendo su intimidad y “ganando” el ruido de la calle, y sin garantía de
conservar “vistas” que se pagan caro.
Eso
sí, con aire acondicionado y TV para admirar las bellas ciudades de manzanas,
calles, y patios del mundo. ¿Cómo explicar la torpeza con que se siguen
haciendo los conjuntos de vivienda?
Incluso en el Plano Piloto de
Brasilia, donde se materializó la idea de Le Corbusier, el resultado es
desalentador: bellos edificios pero que navegan en una insulsa zona verde. Caso
extremo es la mencionada unidad de habitación de Berlín, sola en medio del
bosque con lobos y todo.
El renacimiento del patio
Los
patios siguen siendo óptimos para los climas calientes y templados (como en
Cartagena, Mompox, o San Antonio en Cali). Lo han sido por casi 25 siglos, caso
poco común en la historia de la arquitectura. Tal vez por eso dice Jorge Luis
Borges, que por el patio "Dios mira a las almas [pues] es el declive por
el cual se derrama el cielo en la casa. (Grau, 1968, p.63).
Recomponer
calles, manzanas y patios, o revitalizar centros históricos fueron los nuevos
propósitos en Europa a fines del siglo XX, como en la segunda la IBA de Berlín
(contraría a la primera, un mostrarlo de edificios exentos de arquitectos
famosos) y después en la Potsdamer Platz, o en Barcelona para las Olimpiadas de
1992. Hasta que apareció la arquitectura espectáculo, que dejo sus nefastas
huellas por todas partes, afortunadamente ya revaluada.
En
Colombia, en sus patios tradicionales -con galerías y corredores, acequias,
lluvias, brisas, vegetación y paisajes, celosías y calados-, están presentes la
intimidad y el silencio, sombras, penumbras y la luz del sol, y a veces la de
la luna, que reclamó Luis Barragán al
recibir el Premio Pritzker, y vigentes mientras vivamos en la tierra y sólo
podamos mirar el cielo.
Salmona
indicó con sus edificios, y señaló en sus conferencias, el origen islámico y
mediterráneo de los patios del país, estudiado por los historiadores pero sin
consecuencias entre los arquitectos. Y también nos hizo ver la maravillosa
arquitectura prehispánica de América Central y los Andes, y sus patios (Germán
Téllez: Rogelio
Salmona / Obra completa 1959/2005, 2006).
La
Calle de los muertos de Teotihuacan es evidente en el acceso a la Biblioteca
Virgilio Barco (2002) en Bogotá, y los muros de piedra con vanos cuadrados de
los patios con atarjeas de la Casa de Huéspedes Ilustres (1981), en Cartagena,
“son” mayas. Como la famosa Hollyhock House (1921), de Frank Lloyd Wright, que
sin haber ido había mirado bien su arquitectura, o las amplías escalinatas y
basamentos de la Opera de Sydney (1973), de Jorn Utzon, que sí fue.
Así,
la pertinente arquitectura de patios de Salmona, lo es sobre todo porque junta
antiguos elementos, como el patio romano, el ambiente hispanomusulmán, el muro
horadado maya y la esquina abierta de los conventos mexicanos, vueltos nuevos
mediante una rica hibridación, omnipresente en Iberoamérica pero ignorada pese
a que es lo que somos.
Los
patios permitirían recuperar las calles
paramentadas y la intimidad de la vivienda. Y triplicar o mas las casas de
máximo dos pisos de los barrios tradicionales mediante duplex escalonados que
giren dejando patios, hasta siete pisos,
como en el Edificio García (1938), en Barranquilla, de Manuel Carrerá, en lugar
de “portaviviendas” de doce en cualquier parte.
Idea que Alvar Aalto había anticipado en las viviendas
retranqueadas de Sunila (1938) y en el
edificio Neue Vahr, en Bremen (1962), abanicándolos a lo largo de la curva que
recorre la vista. La repitieron Rogelio Salmona y Guillermo Bermúdez en los
apartamentos del Polo (1962) y Salmona la innovo espectacularmente en Las
Torres del Parque (1966), ambos en Bogotá.
[i] Michel, p. 47.
Artículo publicado en la revista Exkema Colombia, en la edición de Diciembre 2013 - Enero 2014.
19.05.2011 Un ejemplo
El acierto de
nuestra arquitectura ahora depende de la sostenibilidad de los edificios y del respeto a nuestros entornos naturales y urbanos. De que sus formas
surjan de nuevo también de técnicas
y funciones y de la realidad de nuestros climas, paisajes y ciudades, y de que sea mas ética y profesional.
Justo lo que aporta la obra de Rogelio Salmona, la
que se puede ver expuesta en La Tertulia. Después de casi 10 años con Le
Corbusier, en 1958 rompe con la ortodoxia de la arquitectura moderna. Como dice
Ernest Gombrich (Historia
del Arte, 1989), el impulso a diferenciarse puede no ser
lo principal pero raramente falta en un artista. Igual que Luís Barragán o
Geoffrey Bawa y tantos otros en el tercer mundo, busca y encuentra una
arquitectura propia. Parte del empleo y enriquecimiento de los medios estéticos,
siguiendo a su maestro Pierre Francastel. Valora nuestro patrimonio construido,
considera nuestros climas, califica nuestros paisajes y usa materiales locales
y tecnologías posibles. Reinterpreta poéticamente la tradición para hacerla
partícipe de nuevas situaciones.
Su citado artículo
sobre el proyecto de Fernando Martínez y Guillermo Avendaño para el concurso
del Colegio Cifuentes (Semana, 1958), anticipa su trabajo posterior, centrado
en lo local y lo universal, lo tradicional y lo actual. Con este manifiesto de
la arquitectura del lugar inicia un largo proceso de búsquedas, encuentros y
síntesis, similar al de Frank Lloyd Wright, con un propósito social, y en
últimas político, sin contradicción entre modernidad e identidad. Sus recursos
son en parte contrarios a los que Le Corbusier usó para diferenciarse de lo
premoderno. Sus edificios no están sobre “pilotis” si no que salen del piso, no
hay plantas libres sino cortes, que buscan cambios de nivel, las ventanas pasan
a ser cuadradas, como en Aldo Rossi, y no apaisadas, y la azotea islámica
remplaza el techo jardín, que regresa a la tierra acompañando siempre su
arquitectura. Solo se conserva la gran “promenade architectural” pero su
recorrido se acoda, es diagonal u oblicuo, o incluso se curva, y el ladrillo
visto de Alvar Aalto reemplaza al muro blanco mediterráneo.
Casi cada diez años
logra una síntesis, y las dos primeras se suman en la tercera y la cuarta, y
esta anticipa la quinta. Las Torres del Parque
(1964-70) se curvan sobre la neo mudéjar Plaza de Toros de Bogotá y
responden al paisaje andino y al entorno urbano con el escalonamiento y
abaniqueo de sus terrazas. En la Casa de Huéspedes (1980-81) los patios son
coloniales pero de tropicales muros de vanos mayas, y estanques y atarjeas que
recuerdan a La Alhambra, mientras la piedra, la rampa y las bóvedas rebajadas
son de la arquitectura militar de Cartagena. En el Archivo General de la Nación
(1988-89), repite nuestras manzanas coloniales, pero el patio es circular y se
cruza en diagonal, y tiene, invertidos, los grandes arcos de Louis Khan. En la
biblioteca Virgilio Barco (2002), es nuevo el hormigón a la vista pero las
cubiertas son inclinadas como en sus casas iniciales. Allí está todo lo
anterior y se anuncia el Fondo de Cultura Económica de México (2008) con sus
rampas y patios circulares, uno de agua como en un carmen granadino, y su
mágico paramento porticado.
Columna publicada en el diario El País de Cali. 19.05.2011
05.05.2011 Arquitectura hoy
La arquitectura es
un oficio, es decir una ocupación habitual y profesional, centrada
en el arte y la técnica de
proyectar espacios para la vida humana, que se puedan construir económicamente,
y sean sostenibles, habitables, funcionales, confortables, seguros y
emocionantes, y que además se puedan adecuar a nuevas circunstancias y renovar
con facilidad para que duren lo mas posible y, si es del caso, reciclar con la
menor perdida de materiales, componentes
y elementos. Técnicas, pues son varias, que son la aplicación
de algunas ciencias pero con
sentido artístico, es decir con una visión personal de lo proyectado, mediante
recursos plásticos, sonoros y táctiles, y no apenas ocuparse de su estética, que es lograr
que su aspecto también sea bello y elegante. Edificios que generan volúmenes que conforman los
espacios urbanos privados y públicos de las ciudades, y por eso es que estas
son obras de arte colectivo, como ya muchos han dicho hace años pero que entre
nosotros pocos han entendido y ni siquiera visto, y de ahí lo fea en que hemos
convertido a Cali.
La buena arquitectura depende de los
buenos clientes y no apenas de buenos arquitectos. A estos los mejora, y
transforma al promotor en un “committente” al que le importa la arquitectura. Que es lo que deberían
ser en primera instancia los alcaldes de
las ciudades, como lo fueron antes repetidamente y de primer orden faraones,
reyes, príncipes y califas, al punto de ser casi sinónimos de mecenas. Como Pascal Maragall y su trasformación de Barcelona de la mano
del arquitecto Oriol Bohigas con el pretexto de los Juegos Olímpicos de 1992. Pero igualmente los ciudadanos comunes deben estar
enterados de las ciudades en tanto artefactos y de ahí la importancia de la
exposición sobre la obra de Rogelio Salmona que se inaugura esta noche en La
Tertulia. Para él la arquitectura y el espacio urbano siempre fueron
inseparables, y desde sus primeros edificios buscó hacer ciudades para la
gente, y en sus grandes proyectos residenciales proponía espacios urbanos
jerarquizados como siempre lo fueron desde que las ciudades occidentales se
conformaron hace cerca de diez milenios en Mesopotamia.
Para Salmona la ciudad es civilización pero, como él lo dijo, las colombianas se han construido y
destruido varias veces en un tiempo demasiado corto. Por eso entendió que
los edificios con frecuencia deben ceder su protagonismo a construcciones y
espacios preexistentes, y en sus proyectos, con la entendible excepción de las
casas, los primeros pisos son abiertos, consecuentemente con su lucha contra la creciente privatización de nuestro
espacio público. En todos insiste en la permanencia de lo urbano pero
invariablemente ennoblece con sus edificios las ciudades en donde interviene,
poniendo la mejor arquitectura del país al servicio de sus ciudadanos comunes
para que habiten con dignidad, poesía y placer.
Esto convierte su práctica en una ética de la arquitectura, crucial en
nuestra incipiente sociedad urbana y urgente en nuestras maltrechas ciudades.
Su obra responde a la geografía e historia del país y
es inconfundible en la medida en que conforma ciudad, abriendo un nuevo
camino a la arquitectura colombiana, y que deberían estudiar mas nuestras
escuelas de arquitectura.
Columna publicada en el diario El País de Cali. 05.05.2011
29.03.2007 La casa de G.G.M.
El Estado debería adquirir esta casa de Rogelio Salmona en
Cartagena, de1991, para un museo. No solo dedicado a García Márquez, como la de
Aracataca, sino a toda la literatura colombiana. Además sería un homenaje a su
arquitecto, al que sí no le dieron el año pasado el Premio Prizker, el Nobel de
la arquitectura, fue por que no hicimos el necesario cabildeo como sí lo
hicieron los brasileros y antes los mexicanos. Y eso que es el primer
latinoamericano en recibir la Medalla Alvar Aalto, que otorgan los arquitectos
finlandeses de vez en cuando, y tal vez por eso el premio más serio de la
arquitectura mundial.
La casa se destaca por su poético patio
elevado, que se rodea subiendo o bajando, pues prácticamente no permite otra
posibilidad, de tal manera que su tensión, entre la esquina de la entrada a
nivel desde la calle y la que termina el recorrido en el piso alto, enfatizada
por una atarjea sobre una de sus dos diagonales (líneas rectas que en un
polígono van de un vértice a otro no inmediato), como en muchos de los patios
de Salmona, re descubridor de ellos en un Nuevo Mundo en que antes de los
españoles ya los tenían también mayas, aztecas e incas, pero que además es
oblicua (sesgada, inclinada al través o desviada de la horizontal) lo que
resalta lo tridimensional de su espacio, concordando plenamente con la segunda
acepción de diagonal: la línea que en un poliedro une dos vértices cualesquiera
no situados en la misma cara. En otras palabras, el patio se recorre en tiempo
real a lo largo de los catetos del ángulo recto, el primero a nivel y el
segundo inclinado suavemente, del triángulo cuya hipotenusa es la diagonal
virtual que desprendiéndose de la atarjea vuela hacia el cielo en la primera y
rápida lectura que se hace después de entrar, y que permanece en la imaginación
y la memoria haciendo rimar entre si las sucesivas visuales que se tienen al
escalarlo, por lo que este patio vendría a ser a los de Salmona lo que el Otoño
del Patriarca es, a juicio de muchos, incluyendo su autor, a las novelas de
García Márquez: la más interesante, pues es mucho más que ese “espacio cerrado
con paredes o galerías, que en las casas y otros edificios se suele dejar al
descubierto” que define el diccionario, por lo que “nuestro hermoso deber es
imaginar que hay un laberinto y un hilo [pese a que] nunca daremos con el hilo;
acaso lo encontramos y lo perdemos en un acto de fe, en una cadencia, en el
sueño, en las palabras que se llaman filosofía o en la mera y sencilla
felicidad”, como pensaba Borges.
Que pena que casi nadie pueda disfrutar
esta experiencia, similar a recorrer San Felipe de Barajas, pues la casa ha
estado cerrada años, incluso a la venta. Como quien dice ni para dios ni para
el diablo. Igual que pasó con la imponente fortaleza, única en el Caribe, que
cuando llegó a su máxima capacidad de fuego ya nunca mas entró en combate.
Muchos de los pocos colombianos que han pasado por la casa ni se darían cuenta
o no supieron a que se debía lo que sutilmente sintieron. Insensibles a la
arquitectura, no entendemos la que ocasionalmente miramos ni como es que la
debemos ver. No leemos la magia de su realidad.
21.02.2002 La maravilla de la arquitectura
Lo primero que se recuerda al llegar a la
Biblioteca Virgilio Barco es por supuesto la Calle de los Muertos en Teotihuacán.
Pero también los pequeños valles de la Sabana de Bogotá, cuya intimidad y recogimiento
dan paso a otros eventos. Aquí, ese bello patio de acceso enterrado (al que no
abren puertas ni ventanas ni arcadas: solo dos vanos contiguos arrullados por
el agua y enfrentados a un tercero que da paso a una sonora cascada) crea una
bienvenida pausa al espíritu al entrar o salir del edificio. Sus volúmenes
desaparecen momentáneamente y de la ciudad apenas queda su fondo casi negro de
cerros y encima el cielo azul. Pero no es solo la buena idea de poner la
biblioteca en medio de un parque; el gran acierto del proyecto de Rogelio
Salmona es entrelazarla con sus alrededores, cuyas construcciones
complementarias, plazuelas y senderos se curvan, bajan, suben y esconden
prometiendo sorpresas como de laberinto de enamorados.
Los
espacios al aire libre y los recintos cerrados se complementan. El estudio y la
recreación; los encuentros y la soledad; el movimiento y el reposo; el ruido y
el silencio; lo vecino y lo aparte. Los que leen se ven tentados a ir al parque
y los que caminan sus senderos o trepan las variadas cubiertas del edificio,
llenas de visuales inesperadas, terminan entrando a la biblioteca. Cuando se
resuelvan elementales controles, y tengan sillas, sus usuarios podrán salir a
las estupendas terrazas que prolongan las salas al exterior y llevan el parque
al interior. La asombrosa luminosidad y calidez del interior, sus espacios
continuos pero variados y alegres, y sus vistas al paisaje, logran que su uso
sea muy placentero; y fácil por su sencillo esquema funcional. La parte de los
niños, sin niñerías para niños, es maravillosa. Lo sólido y lo vacío, lo rugoso
y lo lizo, el murmullo y el sigilo y la luz y las sombras se suceden
estimulando sentidos, memorias y conciencias. El agua corre y suena por todos
lados. Con el tiempo los canales, acequias, atarjeas y estanques se oscurecerán
y reflejaran más las variadas, complejas y sugestivas formas del edificio. Sus
siluetas, curvas e inclinadas, como de pueblo en la distancia, aparecen y
desaparecen sutilmente, haciéndolo monumental al tiempo que doméstico, variado
y uniforme, serio y juguetón. La construcción asimilará bien las ineludibles
modificaciones futuras y sus materiales pocos, sencillos, nobles y ya probados,
se conservarán bien y su propia belleza evitará bastante los daños del
vandalismo y el descuido.
Aunque
el ingreso principal y los baños sean estrechos y la cubierta del puente
interfiera con la vista a los cerros y se eche de menos que concluya en algo, o
no, la larga simetría de la entrada, y que tal vez la torre del ascensor hubiera
podido ser más alta; lo que importa, y mucho, es que es una arquitectura
pensada y repensada por años para crear ambientes para la emoción de la gente y
la poesía de la ciudad. Es, de hecho, una respuesta a la guerra.
Este
admirable edificio es, también aquí, la maravilla de esa arquitectura que
florece hace unas décadas por todas partes preocupada, la mejor de ella, por
los diferentes paisajes, climas, tradiciones, gentes, tecnologías y
necesidades. Nunca, desde el Imperio Romano, se hicieron tantos edificios públicos a los que se les
haya dedicado tanto dinero, esfuerzo, entusiasmo o talento. Es el
redescubrimiento de que la arquitectura es la madre de las artes, y la ciudad
la mayor de todas como dijo Lewis Mumford. La arquitectura (más que otras artes)
sí transforma la vida. Lo confirman los nuevos museos, bibliotecas y centros
culturales y de convenciones, las nuevas universidades y colegios, los nuevos
aeropuertos, estaciones y terminales de buses, las nuevas plazas, parques,
avenidas y calles; todos, con mayor o menor fortuna, conformando ciudades y
enalteciendo la vida en ellas, como se puede ver ahora en Bogotá, gracias a
alcaldes soñadores y a un arquitecto inspirado, intenso y profundamente ético
como Salmona.
Columna publicada en el diario El País de Cali.
Columna publicada en el diario El País de Cali.
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