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04.08.2016 Ver para aprender



Como bien afirma Francisco Gil Tovar “somos herederos de una cultura más erudita y literaria que otra cosa, en virtud de la cual parece más formativo enseñar a leer que enseñar a ver y escuchar”, y no duda de que “ver para aprender parece ser nuestro sino” dejando en claro, eso sí, que “aunque el arte no es ciencia, también hay periodos en que uno y otra se funden” (Del Arte y el Hombre, 1995, pp. 92 y 94). Justamente como ha sucedido siempre con la arquitectura, hasta hoy cuando el exceso de técnica está acabando con su arte, y sólo la salvará en un futuro próximo el que imperativamente deberá volver a ser sostenible, como lo es la arquitectura premoderna en el trópico templado, como es precisamente el clima del valle del río Cauca, que con su paisaje natural es lo mejor que tiene.

“No se puede crear nada bajo la premisa de respetar lo establecido” y es indudable “que buscar algo nuevo incita a la creación” como dice Gil Tovar (pp. 43 y 57) pero deja en claro que, no obstante, “de ninguna manera muere la tradición” y recomienda que “en niveles universitarios, la investigación debe preceder en importancia a la transmisión de conocimientos y a la formación” (pp. 48 y 111). Es, precisamente, el objetivo al que deberían apuntar los programas de arquitectura; investigación que en este caso comienza por conocer la arquitectura de las casas de hacienda de la región y las de tradición colonial que aún quedan en ciudades y pueblos de la comarca, y en el barrio de San Antonio en Cali. Dejando de lado, como indica Gil Tovar, “la especulación comercial y financiera, hija del capitalismo; la consiguiente maquinaria propagandística nacida como medio ya imprescindible de todo libre comercio; y el esnobismo, fenómeno especialmente burgués acunado por toda etapa de crisis” (p. 51). Como sigue siendo válido a inicios del siglo XXI.

Pero desde luego primero hay que vencer la moda de lo foráneo y el poco interés por lo propio entre no pocos estudiantes y profesores, que no ven la utilidad de investigar la tipología de las casas con patios de la arquitectura colonial y sus raíces hispanomusulmanas. Patios adosados en las casas de hacienda, estudiadas por el profesor Francisco Ramírez y el autor de esta columna en la Universidad del Valle (La arquitectura de las casas de hacienda en el Valle del Alto Cauca, 1994) y medios patios interiores y solar en las urbanas, que incluso se han reinterpretado en algunas casas que son, más que posmodernas, regionalistas y sostenibles, lo que viene a ser casi lo mismo ya que están imbricados, y no es casual que esta expresión fuera recurrente en Rogelio Salmona al hablar de su arquitectura, de la que no dijo que fuera una cosa o la otra, pero que indudablemente es ambas.

Igual que la Casa de la queja en San Antonio, 2000, analizada por el profesor Andrés Erazo de la Universidad de San Buenaventura, y caso de estudio para su taller de proyectos, e inclusive en algunos pequeños edificios de apartamentos como El Azafrán, 1992, de Rodrigo Tascón, o las Tres casas en fila, 2005, de Mauricio García, alrededor de patios. Y existe un proyecto experimental para un edificios de siete pisos con apartamentos dúplex cada uno con su patio. “Expresarse espontáneamente a través de las formas y comenzar a saber ver la expresión de otros debería ser el complemento ideal de este tipo de enseñanzas en los grados iniciales, que, además, deben enseñar a ver estéticamente la naturaleza”, como lo señala Gil Tovar (p. 97).

Columna publicada en el diairo El País de Cali 04.08.2016

29.07.2004 Ambientes, espacios y volúmenes

En las escuelas de arquitectura los profesores y alumnos se ocupan principalmente del volumen de los edificios mas que de sus espacios y menos aun de sus ambientes. Las imágenes que se muestran en las clases de historia o se ven en las revistas son la mayoría de las veces de volúmenes y casi nunca de espacios y, desde luego, los ambientes son muy difíciles de fotografiar. Las maquetas invariablemente se miran como objetos volumétricos y apenas quedan los planos, que son un abstracción de dos dimensiones para representar volúmenes y espacios que en arquitectura no tienen solo tres dimensiones sino que se recorren en el tiempo y cambian con el paso del día y las estaciones. Rara vez se mencionan los materiales propuestos: su forma, color, matiz y textura, ni su despiese. Y casi nunca los ambientes.

Las fachadas, que son las que limitan los espacios exteriores de los edificios, y que conforman nada menos que la ciudad, se dibujan como si todos sus componentes estuvieran en un solo plano, y no se miran en perspectiva que es como siempre se ven las calles. Las elevaciones, por su parte, no se relacionan unas con otras ni con los pisos y cielos, pese a que son los que conforman los espacios interiores de los edificios. Claro, ahora se hacen perspectivas de computador, pero suelen ser tan mentirosas como las dibujadas a mano antes: buscan ser bonitas en si mismas y no apenas representar el edificio. Y aunque fueran muy realistas solo se pueden apreciar con los ojos, al contrario de los edificios que se los habita tambien con el oído e incluso el olfato, y con el observador casi siempre en movimiento o al menos su mirada.

De ahí la dificultad de proyectar espacios y no solo volúmenes. Pero ni se diga de la imposibilidad de representar en planos un ambiente arquitectónico. ¿Cómo dibujar la resonancia de un recinto, o su penumbra o la brisa que pasa? ¿Qué de los muebles y objetos diversos que lo llenan? ¿Qué de las personas que lo ocupan? Muy difícil dibujar transparencias y reflejos, al paso del sol, en la lluvia o el viento, o el agua que murmura y da frescura y placidez. Sensaciones, evocaciones, encantos, embrujos y asombros que, reclamaba Luis Barragán, ya poco se oyen cuando se habla de arquitectura. Porque es que la única manera de describir un ambiente arquitectónico es narrándolo. Y en las escuelas de arquitectura poco se lee y nada se escribe; apenas se miran dibujos y maquetas volumétricas de anteproyectos de edificios que se los califica a partir del gusto.

El resultado fatal de todo esto se ve cada vez mas en todas nuestras ciudades. Edificios “nuevos” cuyos volúmenes son flor de un día y que rápidamente pasan a dañar las calles –casi siempre “viejas”- que no tuvieron en cuenta. Y cuyos espacios interiores la mayoría de las veces simplemente desconocemos para no hablar de sus ambientes. La arquitectura actual se ha vuelto entre nosotros un problema de las imágenes de los volúmenes y no tambien y sobre todo de sus espacios y ambientes. Así se califican los proyectos de los alumnos y se premian concursos y bienales pues las memorias no las lee nadie y solo se exigen unas cuantas fotos o perspectivas; eso sí, la “presentación” es lo que mas cuenta: como si se tratara de diseño grafico y no de representaciones para leer la arquitectura que se propone mediante ellos. 

Columna publicada en el diario El País de Cali 29.07.2004 

13.2.2003 Lo pertinente

La defensa de lo pertinente, no de lo nuestro (noción antipática, chovinista, provinciana, ingenua e inútil), es precisamente lo pertinente. De lo propio, si se quiere, pero no por nuestro sino por pertinente. Como nos enseñó Fernand Braudel, la historia (y por tanto la cultura) comienza con la geografía. Son el clima, la topografía y el suelo, que definen el paisaje y los recursos, incluyendo la mano de obra y por supuesto los clientes y usuarios, los que generan las tradiciones arquitectónicas y entre estas, muy especialmente, la forma como se implantan las edificaciones formando espacios urbanos y la manera como se proyectan, construyen, usan y valoran.            

Pero todo esto fue olvidado aquí a lo largo del siglo pasado por una modernidad importada que impuso a toda costa sus formas e imágenes, al punto de que cuando no se pudo construir se procedió al menos a demoler sumariamente lo que era visto como viejo. Este comportamiento, explicable sobre todo por la ignorancia y exacerbado por la codicia y la corrupción, tuvo, es cierto, algunos aciertos, casi siempre puntuales, pero significo la destrucción de buena parte del patrimonio urbano y arquitectónico colombiano. O casi, pues nos resta aun su memoria. Ya no podemos recobrar los artefactos, como quisieran muchos restauradores, pero si sus ejemplos e ideas. Firmemente parados en nuestros climas, paisajes, recursos y tradiciones podremos, ahí si, digerir toda la información que nos llega del mundo desarrollado, que no podemos ni debemos evitar.

Siguiendo a Kenneth Frampton (El regionalismo crítico: arquitectura moderna e identidad cultural ), no se trata de la evo­cación sim­plista de lo vernáculo sentimental o irónico, sino de una propuesta compleja para llegar a una verdadera arquitectura que al tiempo que tome lo que resiste de lo vernáculo incluya lo pertinente de lo actual y universal. No es pues una vuelta tardía al ethos de una cultura popular (puesta en acción cíclicamente por la demagogia de formas varias de populismo), sino un decidido avance hacia lo original: hacia los orígenes, como diría Nicolás Gómez Dávila. Al fin y al cabo los nuestros se hunden a través de España en el Mediterráneo hasta los inicios mismos de la arquitectura y las ciudades en Egipto y Mesopotamia, en donde se inventaron (o descubrieron) esos patios y calles, en este orden, que acompañaron todas las ciudades y pueblos de tradición colonial del país. En pocas palabras, se trata de una arquitectura “de resistencia” a las modas internacionales.

Conservar bien el patrimonio construido que queda, incluyendo lo pertinente del moderno, se vuelve entonces doblemente importante pues implica no solo de conservar los objetos en sí mismos sino en la medida en que permiten entender las ideas que ilustran. Defender el patrimonio construido ya no podrá ser más reconstruir lo viejo, que se destruyó, sino construir lo nuevo con las mejores y aun pertinentes características de lo viejo. Tomar lo mejor del patrimonio como modelo para lo nuevo, con las modificaciones imprescindibles para que sea tambien actual, es lo pertinente y no esa ingenuidad de creer que se pueden inventar la arquitectura y las ciudades de nuevo, como se pretendió a lo largo del siglo XX.

Esta pertinencia de lo apropiado es evidente en los aciertos de la refuncionalización de los espacios construidos tradicionales iniciada en Europa, hace ya varias décadas, después de que se comprobara el desacierto de la aplicación masiva, al terminar la guerra, de las ideas del urbanismo moderno. Allá, cada vez más, por ejemplo, se sustituyen los viaductos por pasos subterráneos y se amplían los andenes disminuyendo las calzadas. Mientras tanto aquí seguimos demoliendo todo lo que nos parece viejo y copiando apenas lo novedoso, como esas torres y autopistas que denominamos así aunque no lo sean, sometidos a la propaganda que hacen las metrópolis para exportar su arquitectura de revista (moderna, primero, y posmodernista después), que aunque no nos sea pertinente adoramos en esta cultura nuestra tan dependiente y frívola

Columna publicada en el diario El País de Cali 13.2.2003

30.01.2003 El arco

30.01.2003 El arco

Para J.C. Londoño
  
Se piensa que los griegos no lo conocían pero los usaron desde el siglo IV a.C. en las puertas de algunas murallas y, de la época helenística, quedan la entrada al estadio de Olimpia, el patio de la fuente y la puerta del ágora en Priene y las bóvedas inclinadas de la escalera del gimnasio en Pergamo. Los romanos, por lo contrario, utilizaron mucho el de medio punto (semicircular) y sus derivaciones: la bóveda de cañón y la cúpula semiesférica; de ahí el equivoco. En Egipto están las bóvedas rebajadas de Djoser en Saqqara y las de los depósitos del Ramesseum en Tebas, entre otras, y en Mesopotamia las hubo hace milenios. Las de voladizo sucesivo, como en el Palacio del Gobernador en Uxmal, Mohenjodaro o el Tesoro de Atreo, parten, en cambio, de un falso arco, como se llama, pues las cargas no siguen una catenaria (invertida) sino una trayectoria escalonada. En cambio el arco a regla, a nivel o adintelado lo es, aunque no lo parezca, pues contiene dicha curva. Y están los arcos rígidos de una pieza, como los antiguos, o de varias soldadas o apernadas, o de concreto, como los modernos.

Arco de festón llamaron los romanos al que seguía estrictamente la catenaria pues es la forma que toma por la gravedad un festón, cadena, o el cable de un funicular (del latín: funiculos, cuerda). Por eso las líneas electrificadas de los trenes se llaman catenarias. Las primeras cúpulas derivadas de estos verdaderos arcos se encuentran en Khirokitia (c. 5650 a.C.) y logran su máximo en las bóvedas de adobes del Palacio de Ctesiphon (c. 600 a.C. ), cuyo grosor es mínimo pues sus superficies inferior (el intrados o sofito del arco) y superior (el extradós o espalda) son paralelas a la catenaria. Las últimas las realizo en piedra Antoni Gaudi (1852-1926) en Barcelona y entre nosotros, con ladrillo, el ingeniero Eladio Dieste (1917-2000) en Uruguay.

La bóveda es el desplazamiento de un arco y la cúpula su rotación. El arco (una bóveda muy angosta), consta de piezas, o dovelas, que son radiadas resultando un volumen curvo perpendicular al suelo (aunque en Egipto ya los hay inclinados para poder levantar bóvedas sin cimbra), por el cual pasa una catenaria que va del exterior de las dos dovelas iniciales, o salmer, que se apoyan en las bases o impostas, a la parte superior de la dovela del vértice, o clave. A lo largo de esta curva la gravedad genera presiones que mantienen juntas las piezas (por eso en los islámicos no son perpendiculares al intrados sino aproximadamente a esa curva virtual), y por ella se desvían hasta los cimientos los empujes verticales de las cargas que están encima, mientras los horizontales son absorbidos por los estribos, esas partes de muro adyacentes a los salmer e impostas. Por eso arcos, bóvedas y cúpulas son vulnerables a los sismos, pues por momentos estos anulan la gravedad.

En el de medio punto las dovelas son iguales facilitando su trazado y construcción, por eso los pragmáticos romanos lo privilegiaron y se conoce tambien como arco romano. El gótico está formado por la intercepción de dos grandes segmentos de círculo; estos arcos ojivales, como igualmente se llaman, pueden alcanzar la misma altura sin variar sus líneas de arranque, a pesar de tener diferentes luces, lo que es su razón de ser. Se especula que el de herradura de los árabes proporciona apoyos altos a la cimbra para economizar madera, escasa en el desierto; pero lo que si es cierto es que llega al Nuevo Mundo, en donde abunda la madera, como en la Torre Mudejar de Cali, por la misma transculturación de tradiciones, simbolismos y desarrollo técnico que hizo que los griegos no valoraran el arco y los romanos si, o que no se pasara del falso al verdadero en algunas culturas o épocas.

Las variaciones son muchas pero el arco es uno solo; no se inventa sino que se descubre y se usa o no, como los arquitectos modernos que lo despreciaron después de su triunfal historia milenaria. Hassan Fathy en Egipto, Ricardo Porro en Cuba, Carlos Mijares en México o Rogelio Salmona, Herbert Baresch y Rodrigo Uribe en Colombia, son notables excepciones.

Columna publicada en el diario El País de Cali 30.01.2003

28.11.2002 Arquitectura en el Museo de Arte Moderno

A buena hora la Tertulia reanuda las exposiciones de arquitectura, iniciadas con mucho éxito años atrás con cuatro muestras muy concurridas, entre las que se destacaron la del grupo "Utopía" de Medellín y la de "Nueva arquitectura colombiana" pero que lamentablemente había abandonado. Como se sabe de siempre la arquitectura es la madre de las artes plásticas pues no solo las antecede sino que las contiene. Además, como lo dice Lewis Mumford, un edificio simplemente por su tamaño no puede evitar emocionar. La gente va a Bilbao mas a ver el museo de Frank Ghery que el arte que allí se muestra o por lo menos tambien.

Hacer exposiciones de arquitectura es saludable para la arquitectura, y por lo tanto para las ciudades, pues permite su conocimiento, difusión y crítica. Pero disfrutarlas como una exposición de pinturas u objetos no deja de ser equívoco ya que los edificios no se pueden apreciar de veras sino recorriéndolos y habitándolos. Lo que se debe ver en una exposición de arquitectura no son dibujos identificados con dibujos artísticos, ni maquetas asimiladas a esculturas u objetos, ni fotografías vistas como puras fotografías y no como ilustraciones de pedazos habitados de espacios urbanos y edificios reales o propuestos. Hay que ayudar a que la gente vea en ellos sobre todo lo que indican de un edificio o proyecto y su implantación en la ciudad. Como las partituras en que se escribe la música, hay que saber leer estos medios de diseño arquitectónico; pero el problema es que a diferencia de la música escrita todo el mundo cree entender planos y maquetas.

Otra cosa es la belleza que estos medios de proyectación tienen en si mismos la que se debe desde luego apreciar y disfrutar pero nunca confundir con la arquitectura. Incluso hay exposiciones de dibujos de arquitectura, que los hay muy bellos, pero se trata no de arquitectura sino de dibujos de arquitectura. Se supone que al menos los arquitectos están en capacidad de hacer esta importantísima distinción, pero la realidad es que muchos, como la generalidad de la gente, sucumben ante las imágenes efectistas de los edificios antes que ante su papel generalmente desafortunado en los espacios urbanos de nuestras ciudades, a cuya desformalización tanto ha contribuido la arquitectura moderna mal interpretada.

Mas que exposiciones de proyectos, habría que hacer, mejor, exposiciones de edificios en la ciudad. Serían exposiciones mas complejas de apreciar pero por supuesto mucho mas importantes. Por esto no son comunes pero cuando las hay bien realizadas y acompañadas de conferencias y catálogos son definitivas; y por supuesto tambien pueden ser bellas por sus dibujos, maquetas, fotos y montajes; pero no solo por ellos.

La exposición del arquitecto Jaime Cárdenas actualmente en La Tertulia  ilustra lo dicho. Aparte de que mucho de lo expuesto ya se había visto en la Cámara de Comercio en 1999 (23 concursos casi todos premiados a lo largo de 30 años), ni en esa ocasión ni ahora (cuando hay trabajos no mostrados antes) los proyectos se acompañaron con la presentación necesaria para que el entendimiento cabal de su arquitectura no se reduzca a los que sí saben leer planos y maquetas. El texto del folleto de la exposición no explica tampoco por que son “relevantes” esos proyectos, los que quedan así reducidos a sus seductores dibujos y atractivas maquetas. Las fotografías, por su parte, son escasas ya que mas que edificios construidos lo que se exhibe son propuestas de las que con excepción de un par de excelentes axonometrías dibujadas a lápiz por Cárdenas, poco se sabe de su implantación en la ciudad ni de cómo son y viven sus ambientes interiores, precisamente los dos aspectos claves de la buena arquitectura.

Las exposiciones de arquitectura son costosas y nada fáciles. Pero ojalá el indudable entusiasmo que provocan logre que se continúen haciendo. Y que poco a poco sea posible que sean mas de arquitectura (de sus espacios interiores y urbanos usados y no apenas de sus volúmenes idealizados) y menos de los medios que se usan para prefigurarla y mostrarla. Cali las necesita.

Columna publicada en el diario El País de Cali 28.11.2002

31.10.2002 La arquitectura arte

“Después de todo, la arquitectura es un arte, y desde tiempo inmemorial se ha considerado uno de los más importantes. Los edificios bellos […] han conmovido a los hombres mas hondamente que cualquier otra obra de arte […]” decía por 1932 un tal R. Blomfield, citado por William J. R. Curtis en “La Arquitectura Moderna desde 1900”, su conocida historia de 1982, una de las más recientes. Pero como decía Luis Barragán, el famoso arquitecto mexicano, la belleza solo les interesa a los primitivos y a los muy cultos, pues a las clases medias, en su mediocridad, precisa él, apenas les interesa el confort; y la seguridad, se puede agregar hoy en Colombia, por ejemplo.

De otro lado, Bruno Zevi agrega que  “[…] en arquitectura el valor artístico no se refleja en un valor económico, las casas antiguas o modernas se venden a tanto por habitación, y un edificio de Sagallo, Ammannati, Wright, Le Corbusier o Aalto no tiene más valor comercial por el mero hecho de que la critica ha establecido que se trata de una obra de arte. Así, en el plano económico existe ya un estado de no relación entre cultura y vida” (Saber ver la arquitectura, 1951, p.128).

Por eso desde el inicio la arquitectura culta, la de los arquitectos, ha estado al servicio del poder hasta cuando en el siglo XIX pero sobre todo en el XX comenzó a estarlo tambien al de los simplemente ricos; pero tambien de los pobres. Los estados benefactores y democráticos suelen patrocinar no solo equipamientos urbanos (escuelas, colegios, bibliotecas públicas y zonas verdes y deportivas) sino tambien vivienda masiva. Los conjuntos de casas y apartamentos comunes comenzaron por primera vez a ser parte del trabajo de los arquitectos.

Pero el choque entre la arquitectura profesional y las tradiciones edilicias de las viviendas burguesas y pequeño burguesas no se hizo esperar. Tom Wolfe en su “From Bauhaus to Our House” de 1999 lo ejemplifica: “En arquitectura, naturalmente [Walter Gropius] fue el jefe ejecutivo […] La enseñanza de la arquitectura en Harvard se transformo de la noche a la mañana. Todo comenzó de cero. Todos eran enseñados ahora en los fundamentos del Estilo Internacional […] Toda la arquitectura se volvió arquitectura no burguesa[…]  la vieja tradición de Beaux-Arts se volvió una herejía, y lo mismo paso con el legado de Wright […]. Y, como dice el tal Blomfield “¿quién se va a sentir conmovido [por] edificios que no siguen mas principio que el de contradecir todo aquello que se ha hecho con anterioridad?” Cabe tambien la pregunta de Adolf Loos, el conocidísimo arquitecto austriaco: “¿Por qué será que cualquier choza de una aldea [y en general cualquier construcción rural y "espontánea"] resulta "artística", en el sentido de "natural", y no ofende a la naturaleza circundante, como la ofende en cambio cualquier construcción moderna, incluso de un óptimo arquitecto, salvo aquellas decididamente tecnológicas?”

En pocas palabras, y se puede observar a lo ancho del mundo, hoy en día muchos nos vemos avocados a vivir en edificios y ciudades (o al menos sus intentos) que no entendemos o no nos gustan pues su “arte” nos es ajeno, no por lo artístico sino justamente por lo ajeno. La modernización primero y la globalización después nos han llevado a eso; pero desde luego no podemos encerrarnos en solo nuestras tradiciones (las de cada uno) como ya lo descarto en 1961 el mismo Franz Fanon, en “Los condenados de la tierra”, a raíz de la guerra colonial de los franceses a mediados del siglo pasado en Argelia.

Desde luego hay importantes excepciones de las que deberíamos aprender, pero tenemos que mirar más a los lados que para arriba que es en donde los poderosos de ahora han puesto el norte de todos. No podemos seguir confundiendo nuestra arquitectura con la (penúltima) moda de la arquitectura internacional, pero tampoco nos podemos cerrar a ella; hay que mirarla desde la seguridad de nuestras tradiciones, climas, paisajes y recursos; después de todo, como lo repite Rogelio Salmona, la arquitectura no solo es arte.

Columna publicada por el diario El País de Cali 31.10.2002 

26.09.2002 Magister Dixit

Las Torres del Parque (1964 a 1970) pronto se sumaron a la Plaza de Bolívar y Monserrate como lugares emblemáticos de Bogotá. Con la Catedral (1807 a 1949), el Capitolio (1847 a 1926), la Gobernación (1918 a 1933), el hoy Museo Nacional (1850) y varias iglesias y claustros coloniales que quedaron, son sus edificios más reconocidos. Son como San Felipe (1760 a 1793) para Cartagena o la catedral (1889 a 1931) para Medellín o Manizales (1927 a 1930), o para Barranquilla la Aduana (1921 a 1925), El Prado (1927 a 1930) o el Centro Cívico (1945 a 1952), o en Cali el Palacio Nacional (1924 a 1926), La Ermita (c.1940), la Estación Nueva (1949) o lo que fué el Alférez, estúpidamente demolido en 1973.

Las Torres Del Parque se reconocen como los mas importantes edificios modernos del país y de los mejores de Latinoamérica. Premio Nacional de Arquitectura y Monumento Nacional de Colombia, han aparecido en muchas publicaciones. Es difícil encontrar intervenciones modernas, sobre todo de vivienda, que después de 30 años sigan tan bellas, actuales, conservadas y significativas para sus ciudades. Hay que remitirse al Rockefeller Center en Nueva York (Reinhard, Hofmeister, Corbett y Hood, 1929 a 1940) o al Centro Simón Bolívar en Caracas aunque este ya es otra cosa, y está el Conjunto Bavaria (Obregón y Valenzuela, y Pizano, Pradilla y Caro, 1963) que junto con el Tequedama (Cuellar, Serrano, Gómez y Salazar, y Holabird, Root & Burgee, 1951 a 1952) y otros edificios construidos entre 1960 y 1980, conforman el Centro Internacional de Bogota.

Por lo contrario ya es posible ver como languidece en Berlín casi todo lo de la segunda IBA (1978) y los años siguientes (Hertzberger, Rossi, Stirling, Wilford, Bohigas, Martorell, Mackay, Krier, Grassi, Gregotti, Hollein, Ungers, Botta, Cook, Siza, Hejduk, Eisenman, Abraham, Koolhaas, Hadid y demas estrellas), pese a lo publicitado que fué, pues de la primera (1957) no quedan sino “edificios de firma” (Aalto, Gropius, Vago, van der Bork, Bakema, Jacobsen, Fisker, Niemeyer y Le Corbusier, entre otros) que no construyeron ciudad. El Centro Pompidu (Piano y Rogers, 1971-77) cada vez es mas “latoso” y la Biblioteca Nacional de Francia (Dominique Perrault, 1995) se desvanece en la mediocridad de su entorno.

Sin embargo, lo excepcional de las Torres del Parque y la gran importancia que tienen para la arquitectura y las ciudades colombianas no ha sido tenido en cuenta lo suficiente. De ellas, y del resto de la obra de Rogelio Salmona, casi que apenas se ha tomado el ladrillo a la vista, muchas veces equivocadamente, que se volvió moda en el país. Pero de la manera magistral como involucró los cerros, la Plaza de Toros y el Parque de la Independencia, importantes preexistencias ambientales, en beneficio de la ciudad, por ejemplo, es poco lo que se ha aplicado.

Deberían ser tema de estudio en las escuelas de arquitectura. Pero no solo sus volúmenes y espacios sino tambien la forma como fueron proyectados. Muchos arquitectos en el país han contado con lotes privilegiados o de gran potencialidad para transformar sus entornos pero son pocos los que se toman el arduo y largo trabajo de encontrar la propuesta acertada, como Salmona, y hacerla respetar. Ética profesional y conciencia ciudadana dignas de imitación y de aplausos, los que hay que extender a Samuel Vieco y demás directivos del Banco Central Hipotecario de ese entonces que defendieron el proyecto.

Habría que retomar el texto esclarecedor de Germán Téllez (Rogelio Salmona, Arquitectura y poética del lugar, SomoSur, 1991), el de Ricardo L. Castro (Salmona, Villegas Editores, 1998) y por supuesto el de Silvia Arango en su Historia de la arquitectura en Colombia (Universidad Nacional, 1989), y los artículos de revistas, como el de Arquitecturas (4 Arquitecturas, 1999) o el de Alberto Saldarriaga (Mundo, 2001-02). Incluso hay que considerar lo que significan las pocas líneas que les dedican en la ultima edición del Fletcher (Sir Banister Fletcher’s a History of Architecture, Twentieth Edition, 1996), pues es mucho más lo que hay aprender de Salmona.

Columna publicada en el diario El País de Cali 26.09.2002 Magister Dixit

25.07.2002 Cambios

En Hispanoamérica las ciudades algo cambiaron, comparadas con las medievales de las que vinieron sus fundadores. Fueron nuevamente trazadas previamente a su  construcción, como lo habían sido las antiguas colonias griegas, los campamentos romanos y las ciudades militares en el medioevo. Pero conservaron las calles, ahora derechas, las manzanas y los patios y zaguanes. Y aunque las plazas perdieron contundencia al tener abiertas sus cuatro esquinas, siguieron siéndolo hasta que la generación romántica de finales del siglo XIX las convirtió en parques en muchos pueblos y ciudades hispanoamericanos, para alejarlas de España y acercarlas a una Francia que se había reemplazado las estatuas de los reyes por los árboles de Rousseau, e inventado la latinidad para su propio beneficio.

Sin una verdadera tradición urbana (nuestras ciudades premodernas eran realmente apenas pueblos) y sin muchas posibilidades de conocer verdaderas ciudades (están muy lejos y nos regodeamos en mirarnos a nosotros mismos) rechazamos lo que de artefacto tienen las ciudades y la importancia de su belleza. Creemos que la vida ciudadana se puede llevar a cabo bien en medio de la feura. Dejamos de lado que sin una buena arquitectura complementaria de un buen urbanismo, no resulta cosa distinta que el caos visual y la inexistencia de espacios urbanos públicos conformados artísticamente. La ciudad, entre nosotros, pasó de ser una obra de arte colectivo para vivir -como lo fueron casi todas las ciudades tradicionales durante cientos años y muchas lo siguen siendo renovadamente- a ser solo ineficientes asentamientos para habitar, trabajar y circular. El encuentro ciudadano en calles, plazas, parques, rondas y paseos, se ha reemplazado por la vida artificial y segregada de los centros comerciales y por el autismo de la TV.

Los carros y la publicidad han invadido el espacio público de las ciudades y pueblos colombianos. Los peatones poco son considerados en el rediseño de las calles, las que se convertirten en vías solo para los carros. Los ingenieros viales (con una deficiente formación en este país) poco se interesan en la ciudad; solo piensan en flujos como si estuvieran diseñando alcanterillas. Para rematar, con frecuencia se cae en el error de creer que recuperar los espacios urbanos es llenarlos de objetos: materas, escalinatas, "obras de arte", bolardos y bancas. Elementos muchas veces innecesarios pero que en los planos de los arquitectos se ven bonitos. Incluso, como pasa en Cali, se contrata el llamado mobiliario urbano y después se ve en donde ponerlo, pues desde luego el interés en él fue la publicidad y no la ciudad. Caso extremo son los mogadores, que se inventaron para anunciar eventos culturales o recreativos, pero que en Cali son "soportes informativos" atravesados de cualquier manera en el espacio público para vender objetos y servicios.

En Colombia, con contadas excepciones como Cartagena, las ciudades se han vuelto, por su rápido, grande y confuso crecimiento, además de feas -muy feas, como es el caso patético de Cali- inseguras, caóticas, bulliciosas y sucias. Y esto es grave pues en ellas ya habita cerca del 80% de su población. Es imperativo mejorar la calidad de la vida urbana, principiando por recuperar belleza de lo público, pero no como algo accesorio sino como un valor implícito no solo en edificios y calles, sino tambien en todas las obras que se hacen para mejorar su infraestructura y sus servicios.

El problema radica en que, como decía el gran arquitecto mejicano Luis Barragán, la belleza apenas le interesa a los llamados primitivos y a los hombres y mujeres cultos; a la gran mayoría de las personas hoy únicamente les preocupa el comfort o están presos de la moda, la que entre nosotros suele ser apenas imitación empobresida de la penúltima moda.

Columna publicada en el diario El País de Cali 25.07.2002 Cambio

28.03.2002 El fin de una profesión

No es tanto la crisis de la arquitectura en el país después del embate del posmodernismo sino, además, la de su práctica. Es la peor desde que se volvió también aquí una profesión liberal, a comienzos del siglo pasado, reemplazando su muy eficiente práctica artesanal de tradición colonial. Pero no solo es debida a la paralización de la industria de la construcción, especialmente en Medellín y Cali, sino que es estructural y como todo ahora, global.

Dice Rem Koolhaas (Mutations, Harvard Project on the City ) que su ejercicio en China, donde hoy se construyen la mayoría de los edificios del mundo, tiene los honorarios mas bajos y los plazos mas cortos que hayan existido, pese a que se trata de grandes edificios. Allá los arquitectos no tienen oficinas y todo se hace desde diversos lugares con sub contratistas mediocres seudo especializados, computadoras e internet. Piensa que esta manera de hacer las cosas llegará a Europa en 20 años. Aquí, donde todo llegaba tarde, ya llegó, pero con la notable diferencia de que el trabajo de los arquitectos es cada vez menos y en Cali prácticamente inexistente y sin perspectivas de que vuelva a ser como fué.

Pero en cambio pululan las escuelas de arquitectura: más de 35 aprobadas y en total cerca de 60, la mayoría recientes y con profesores improvisados entre estudiantes recién graduados, no siempre los mejores, sin experiencia docente ni profesional. En ellas se matriculan cientos de jóvenes ilusos o que buscan el atajo de los programas de arquitectura, a los que se ingresa fácilmente y poco exigen, para ser "doctores" lo que ayuda en esta sociedad hasta para manejar taxi, que es lo que muchos terminan haciendo cuando descubren que no hay trabajo para tantos arquitectos. Ya son 34.000 los graduados en el país, según estima la Sociedad Colombiana de Arquitectos: uno por cada mil y pico de habitantes.

Las mejores escuelas no se han apersonado del problema. No diversifican sus programas y con excepción de algunas, entre ellas la Nacional, solo tímidamente comienzan algunos posgrados. No han cambiado sus métodos de enseñanza y ni siquiera entrenan a fondo a sus estudiantes en el diseño con computador, pese a que es lo único que les permitirá trabajar en su campo cuando terminen. Aunque más de la mitad de los arquitectos que ejercen en el país se dedican a la construcción, por ejemplo, apenas existe el programa en dos universidades.

Por supuesto hay cosas por hacer: obligar a que se cumpla la ley para que todos los edificios y espacios públicos sean diseñados por concurso, y motivar a los inversionistas para que los privados también. Exigir estudios de posgrado a todos los profesores, o comprobada y larga experiencia, para que las escuelas sean aprobadas. No permitir la práctica sino a aquellos arquitectos que cuenten con experiencia previa documentada en oficinas existentes y reconocidas y pasen un examen de estado. Se puede, también,  actualizar el oficio uniéndolo al de otros profesionales en centros de trabajo y de prestación de servicios a la profesión, la construcción, la industria y los municipios. Y, sobre todo, hay que cambiar su enseñanza, como ya lo está haciendo la Escuela Internacional de Arquitectura y Diseño Isthmus en Panamá.

La gran arquitectura volverá a ser también aquí un arte de minorías para los más talentosos, que luchan duramente por ser reconocidos, como lo es en Japón, Europa y Estados Unidos. Para ellos sí que será cierto, como decía H. H. Richardson, que la primera ley de la arquitectura es conseguir el trabajo. La práctica profesional quedará para las grandes oficinas internacionales, que ya entraron al país. Las construcciones comunes y  pequeñas serán de diseñadores anónimos y baratos, como en China, en donde, advierte Koolhaas, lo característico de su arquitectura actual es su absoluta falta de calidad; como pasa en Cali hace rato.

Columna publicada en el diario El País de Cali. 28.03.2002